Sobre la vida feliz y la ira

Sobre la vida feliz y la ira

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Leer a Séneca no implica sólo un acercamiento al modo de pensar de los filósofos griegos y romanos de hace dos mil años. Aunque parezca increíble, sus ideas, como las de otros estoicos, habitan muchas de las miradas contemporáneas del mundo. Son voces antiguas, claro, pero dialogan fluidamente con nuestras preocupaciones más actuales. Séneca nos dice, por ejemplo, que el apuro, la velocidad, no resulta el mejor camino para llegar a tener una vida feliz. Propone que encaremos esa búsqueda del buen vivir, y aunque la mala suerte –o la injusticia– nos juegue en contra, intentemos transformar las circunstancias adversas en oportunidades para imaginar nuevos escenarios posibles, individuales y colectivos. Y en su ensayo sobre la ira repudia los actos crueles llevados adelante por gobernantes que se ríen y disfrutan del sufrimiento humano, exhibiendo almas enfermas que no tienen sanación. La cuestión no es muy diferente a las crueldades actuales que vemos cada vez más frecuentemente en los discursos de odio, el racismo, la xenofobia y el sexismo. En su estudio preliminar, la filósofa Natacha Bustos destaca en estos textos una insistencia sobre la meditación, el darse tiempo para mirarnos a nosotros mismos y observar nuestros modos de vincularnos, de entendernos. Una mirada que busca trastocar eso que somos. ¿Para qué? Para encontrar modos propios de ser, vivir de acuerdo con nuestros deseos y proyectos, imaginar mundos mejores y generar un buen vivir en común.

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Lucio Anneo Séneca
fue un filósofo, político y escritor romano considerado uno de los máximos representantes del estoicismo. Se cree que nació entre los años 2 a. C. y 2 d. C. en Córdoba, en la Hispania romana. Se educó en Roma, donde destacó por su inteligencia y su talento para la oratoria. Hacia el año 33 ya era una figura conocida y respetada por sus textos filosóficos, al punto que despierta la envidia del emperador Calígula, que pensó en matar a Séneca poco antes de ser él mismo asesinado. Su sucesor, Claudio, lo condena a muerte, pero luego suaviza la pena con un destierro en Córcega, que dura ocho años. Al regresar a Roma, el propio Claudio le encarga la educación de su hijo adoptivo, Nerón. Cuando éste se convierte en emperador (año 54), Séneca pasa a ser uno de sus principales consejeros, vive una etapa próspera y reúne una de las mayores fortunas de la época. La relación no termina bien: el filósofo se distancia del emperador, se retira a la vida privada y en el año 65 Nerón lo acusa de conjurar contra él y le ordena suicidarse. El suicidio de Séneca sucede en su casa, junto a su segunda esposa, Paulina, y algunos amigos. Los relatos señalan que se abrió las venas y, dada la demora con que se desangraba, solicitó beber la cicuta que ya tenía preparada. Sus tratados morales son tomados como la piedra basal del estoicismo. Su obra reflexiona sobre la virtud, la sabiduría y el control de las pasiones. Defendía la razón como guía para una vida equilibrada y feliz.

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